Antolínez, José

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megaurbanismo
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Antolínez, José

Mensaje por megaurbanismo » Mié, 08 Dic 2021, 09:09

Este trabajo recopilatorio está dedicado al pintor español José Antolínez, fue un artsita excelente colorista con influencias de la escuela veneciana. Supo aprovechar y obtener mayores consecuencias de los avances Velazqueños configurando así la auténtica escuela pictórica madrileña junto a otros pintores.
José Antolínez (1635 - 1675), pintor español, fue uno de los más originales artistas de la escuela madrileña del pleno barroco. Su pintura, conservada en cantidad relativamente abundante, a pesar de su prematura muerte, abarcó muy diversos géneros, tanto religiosos como profanos, de los que se ocupó siempre con un punto de vista personal y un rico sentido del color, que tomó tanto de Tiziano como de Rubens y Van Dyck, aplicado con una técnica de pincelada ligera y vibrante con la que conseguirá hacerse afortunado intérprete de la atmósfera velazqueña.
Hijo de un artesano carpintero, fabricante de cofres, pero con casa solariega en Espinosa de los Monteros y una holgada posición económica, fue bautizado en la Iglesia de los Santos Justo y Pastor de Madrid el 7 de noviembre de 1635. Como su hermano Francisco, siempre tuvo pretensiones nobiliarias, llegando a entablar pleito en 1662 por el reconocimiento de su hidalguía. Uno de sus hijos, capitán de caballos, obtuvo dispensa papal para ingresar en la Orden de Calatrava, obteniendo de este modo el reconocimiento que había perseguido la familia.
Su formación como pintor debió de comenzar al lado de Julián González de Benavides, un modesto «pintor de tienda», que en 1653 se convertiría en su suegro, completándola, como indica Antonio Palomino, asistiendo algún tiempo a la escuela de Francisco Rizi, con quien no tardaría en enemistarse, y frecuentando las academias abiertas por entonces en Madrid. En su biografía Palomino lo describe como hombre de carácter altivo y vanidoso, diestro en el manejo de la espada, de agudos dichos y genio mordaz. Su prematura muerte, ocurrida en Madrid el 30 de mayo de 1675, habría sido provocada, según el biógrafo cordobés, por ese desmedido orgullo y afición a la espada negra, llegándole tras sostener un «ajuste» con otros aficionados del que salió molido a golpes, y «o bien fuese del molimiento, o bien de no haber quedado tan airoso, como quisiera, se fue a su casa, y se encendió luego en calentura tan maligna, que en pocos días acabó con él».
Conocido principalmente por su pintura religiosa y muy especialmente por sus numerosas versiones del tema de la Inmaculada, Antolínez cultivó todos los géneros, a excepción quizá del bodegón, y consta que fue muy estimado por sus retratos y paisajes, para los que según Palomino tuvo gran genio, haciéndolos con extremado primor. Únicamente practicó la pintura al óleo y sobre lienzo, tratando con desdén a los pintores de «paramentos», como Palomino asegura que llamaba a quienes pintaban al fresco y al temple. Según una conocida anécdota narrada por el cordobés, su antiguo maestro, Francisco Rizi, con el fin de bajarle los humos, le ordenó en una ocasión acudir a trabajar en los decorados para las comedias que se celebraban en el palacio del Buen Retiro, de lo que salió desairado al comprobarse su impericia.
Pintura religiosa. Antonio Palomino dejó escrito que Antolínez «llegó a ser uno de los primeros de su tiempo; como lo acreditan repetidas obras públicas, y particulares suyas, que se ven en esta Corte; en que particularmente se descubre un gran gusto, y tinta aticianada». Pero al hacer recuento de sus «obras públicas» Palomino solo pudo citar el altar de la Virgen del Pilar en la parroquia de San Andrés de Madrid, actualmente desaparecido, las tres pinturas de los sagrarios de la iglesia de la Magdalena de Alcalá de Henares y las de la capilla mayor de la iglesia parroquial de la Asunción de Navalcarnero, donde en el cuerpo alto del retablo se conservan tres pinturas de su mano representando la Presentación de la Virgen en el templo, la Coronación de la Virgen y la Inmaculada Concepción. Por el contrario, son muy abundantes las pinturas conservadas de mediano tamaño y con pocas figuras, destinadas a la devoción particular en capillas y oratorios privados, en las, según Pérez Sánchez, parece haberse desenvuelto con mayor soltura que en las grandes pinturas de altar cultivadas por sus contemporáneos.
En este orden destacan sus múltiples versiones del tema de la Inmaculada, de las que se conocen una veintena larga de ejemplares autógrafos, número sólo igualado por Murillo. Las Inmaculadas de Antolínez, de aire elegante y cortesano, se caracterizan por el tratamiento pormenorizado de la corona de doce estrellas, la inclusión frecuente de la paloma del Espíritu Santo, el gesto ensimismado de la Virgen con las manos unidas y el revuelo de ángeles niños que le sirven de peana. Sus lujosas vestimentas, con destellos plateados, parecen agitadas por un fuerte viento ascensional. La más antigua de las conservadas, la de la Colección March de Palma de Mallorca, está fechada en 1658 y en su composición se advierten aún influjos de Alonso Cano que desaparecen en las versiones posteriores, en las que introdujo sutiles variaciones en el movimiento de los paños para no repetirse nunca. Entre ellas pueden destacarse las versiones del Museo del Prado, fechada en 1665, la del Museo Lázaro Galdiano, de 1666, Museo Nacional de Arte de Cataluña, muy semejante a la conservada en la Hermandad del Refugio de Madrid, fechada ésta en 1667, Museos de Bellas Artes de Sevilla y Bilbao, Pinacoteca de Munich, de 1668, y Ashmolean Museum de Oxford.
Otro motivo religioso que Antolínez abordó con frecuencia es el de la Magdalena en éxtasis. Penitente en el desierto y cubierta con ricas capas de tonos malva y plateados, en los lienzos del Museo de Bellas Artes de Sevilla y Fundación Santamarca de Madrid, o trasportada al cielo por ángeles para asistir en ellos a los oficios divinos celebrados por los bienaventurados, conforme al relato de La leyenda dorada de Jacobo de Voragine. De este modo se representa en las versiones conocidas indistintamente como Éxtasis de la Magdalena del Museo Nacional de Arte de Rumania (Bucarest), o Tránsito de la Magdalena del Museo del Prado, donde la ascensión de la santa tiene un acusado sentido de lo triunfal característicamente barroco, realzado por la riqueza de su gama cromática de entonación predominantemente fría, armonizando el color azul intenso de las telas con el luminoso celaje.
En obras de composición más compleja, como son el lienzo de Esther y Asuero del Castillo de Helsingor (Dinamarca) o la Pentecostés del Museo de Bellas Artes de Bilbao, se pone de manifiesto su admiración por Veronés y las tintas aticianadas de que hablaba Palomino. Otro ejemplo de ello se encuentra en el Martirio de San Sebastián (1673) del Museo Cerralbo, con un bello paisaje veneciano de fondo. Pero la manera de los maestros venecianos, que pudo conocer en las colecciones reales o en la de su protector el Almirante de Castilla, fue reinterpretada por Antolínez, del mismo modo que los pintores del pleno barroco, en clave apoteósica, deudora de los maestros flamencos. Ese sentido barroco de lo triunfal se puede apreciar, además de en las versiones citadas del tránsito Magdalena, en la Santa Rosa de Lima ante la Virgen del Museo de Bellas Artes de Budapest (Hungría). Obra tardía (la santa fue canonizada en 1671), permite apreciar en toda su riqueza el esplendor de su pincelada suelta y ligera y el característico colorido azulado, pardo y violeta de su paleta aplicado a una visión mística, con la santa elevada en triunfo sobre un trono de nubes.
Otros géneros. Uno de los aspecto más sobresalientes de la producción de Antolínez es su dedicación a géneros pictóricos menos tratados por sus contemporáneos. No se ha conservado ninguno de los paisajes elogiados por Palomino, aunque en sus composiciones religiosas afloran en ocasiones hermosas «lejanías», y son escasos los retratos, en los que al decir del biógrafo cordobés alcanzaba «gran parecido». En este género deben ser recordados los dos Retratos de niñas del Museo del Prado, atribuidos en el pasado a Velázquez, evocadores, pese a su sencillez, de la pincelada y gama cromática velazqueñas. Aún más notable, pues se trata de un retrato colectivo a la manera holandesa, que se ignora cómo pudo llegar a conocer, es el Retrato del embajador danés Cornelio Pedersen Lerche y sus amigos fechado en 1662 y conservado en el Museo de Copenhague, en el que probablemente se autorretrató. La fugaz presencia en España, hacia 1640, de Gerard ter Borch, pintor holandés de interiores, no pudo ser, pese a lo que se ha dicho, en modo alguno determinante, debiéndose sin duda la composición original, del todo insólita en la pintura española del momento, a un encargo personal del propio embajador, resuelto con maestría por Antolínez.
Igualmente singulares son sus retratos aislados de pequeños perros de compañía, como la Perrita con lazo rojo de la colección Stirling-Maxwel o el Perrito con lazo rojo guardando el cesto de labor, que se le atribuye en el Museo Lázaro Galdiano, y que se pueden encontrar también incorporados en otras obras suyas, como es el propio retrato del embajador Lerche o el Suicidio de Cleopatra, para lo que se han observado igualmente influencias venecianas. El Pintor pobre o Vendedor de cuadros de la Alte Pinakothek de Munich, excepcional interpretación de una estampa de Agostino Carracci, es otra obra singular tanto por lo infrecuente de su tema, cercano a la pintura costumbrista, como por la lograda atmósfera velazqueña de su concepción espacial.
Antolínez fue también pintor de mitologías y de algunas alegorías en las que la fábula pagana puede interpretarse en clave de moralidad cristiana. Su interés por el desnudo femenino, fundamentado en temas históricos o mitológicos, documentado ya por la presencia en la antigua colección Scotti de Piacenza de un lienzo «in cui son depinte le tre Grazie nude per mano dell’Antolines pittore famosissimo Spagnuolo», ha podido ser corroborado por la aparición del anagrama del pintor en una Muerte de Lucrecia de colección privada madrileña, que había estado atribuida en el pasado a Andrea Vaccaro junto con su pareja, el Suicidio de Cleopatra. Se trata de dos obras tempranas dentro de la producción de Antolínez, en las que todavía no han tenido entrada los intensos azules ticianescos, pero en las que se manifiesta ya su admiración por el pintor veneciano, del que tomó la postura de Lucrecia. La influencia de las «poesías» de Tiziano es aún más evidente en dos cuadros de colecciones privadas relacionados con la historia de la educación de Baco, uno de ellos firmado en 1667, en los que el pequeño dios es iniciado en los placeres del vino por amorcillos juguetones. En El alma entre el Amor divino y el humano, óleo del Museo de Bellas Artes de Murcia cuyo asunto, protagonizado nuevamente por niños de aspecto risueño, se ha relacionado con el tema de Hércules entre el vicio y la virtud, la alegoría pagana, desarrollada en las obras citadas anterioremente, enlaza con la moralidad cristiana, al modo como se encuentra, por ejemplo, en los emblemas del Pia desideria de Hermannus Hugo.
Espero os resulte interesante la pequeña recopilación de este pintor español, sea de vuestro interés y contribuya en la divulgación de su obra.
Algunas obras
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El tránsito de la Magdalena, es un cuadro del pintor español José Antolínez. Está realizado sobre lienzo. Mide 205 cm de alto y 163 cm de ancho. Fue pintado entre 1660 y 1670. Se encuentra en el Museo del Prado, Madrid, España.
Este cuadro fue adquirido por Fernando VII en 1829. Representa el tránsito de María Magdalena. Utiliza tonos claros, predominando el dorado y el azul que dan una imagen más alegre que las obras tenebristas de la primera mitad del siglo XVII.
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El tránsito de la Magdalena, h. 1672, óleo sobre lienzo (205 x 163 cm.), Museo del Prado, Madrid.en este lienzo osé denota ila nfluencia de la escuela flamenca del siglo XVII. Obra de José Antolínez
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Éxtasis de la Magdalena, hacia 1670. Museo Nacional de Arte de Rumania. Obra de José Antolínez
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Inmaculada Concepción, hacia 1670, óleo sobre lienzo (213 x 170 cm.) Ashmolean Museum, University of Oxford. Obra de José Antolínez
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Inmaculada Concepción. Lienzo. 165 x 110 cm. Museo del Prado. Madrid. Obra de José Antolínez
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Inmaculada, hacia 1600. Museo de Bellas Artes de Bilbao. Obra de José Antolínez
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Inmaculada, hacia 1670, óleo sobre lienzo, 188 x 153 cm. Barnard Castle, Bowes Museum. Obra atribuida a José Antolínez
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La Inmaculada Concepción. Lienzo. 216 x 159 cm. Museo del Prado. Madrid. Obra de José Antolínez
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Inmaculada -a la derecha- obra de José Antolínez y el querbín -a la izquierda-, obra de Pedro Hermoso. Iglesia de San Ginés. Madrid
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Bacanal con niños, hacia 1670, óleo sobre lienzo, 90 x 136 cm., Museo de Bellas Artes de Córdoba. Obra de José Antolínez
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Anunciación. Obra de José Antolínez
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Crucifixión de San Pedro. Obra de José Antolínez
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Descendimiento de la Cruz. Obra de José Antolínez
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El bautismo de Cristo, 1660-75. Obra de José Antolínez
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San Miguel Arcángel, la superacion de Satanás. Obra de José Antolínez
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El alma cristiana entre el vicio y la virtud. Obra de José Antolínez
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Asunto místico con el Niño Jesus y San Juanito. 1635-1675. Oleo sobre lienzo. 56 x 83 cm. Colección particular. Madrid. Obra de José Antolínez
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Holy Family. Óleo sobre lienzo. 40 x 60 cm. Museo de Bellas Artes de Budapest. Budapest. Hungría. Obra de José Antolínez
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Oración en el huerto de los Olivos, 1665, óleo sobre lienzo, 167 x 163 cm. Barnard Castle, Bowes Museum. Obra de José Antolínez
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María Magdalena en el desierto, hacia 1670, óleo sobre lienzo, 89 x 62 cm. Museo del Hermitage. Obra de José Antolínez
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Muerte de la Magdalena, hacia 1660, óleo sobre lienzo 50 x 43 cm. Obra de José Antolínez
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Martirio de San Sebastián. Oil on canvas. Museo Cerralbo. Madrid. Obra de José Antolínez
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Santa Rosa de Lima, hacia 1670. Óleo sobre lienzo. 206 x 158,5 cm. Museo de Bellas Artes de Budapest. Budapest. Hungría. Obra de José Antolínez
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Flores. Obra de José Antolínez
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The Picture Seller. Óleo sobre lienzo. 201,5 x 125,5 cm. Alte Pinakothek. Munich. Alemania. Obra de José Antolínez
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Una niña, hacia 1660, óleo sobre lienzo (58 x 46 cm.), Museo del Prado, Madrid. Retrato de una niña desconocida, atribuido a Velázquez en el pasado. Obra de José Antolínez
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Una niña. Lienzo. 58 x 46 cm. Museo del Prado. Madrid. Obra de José Antolínez
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Muerte de Lucrecia, hacia 1663, procedente de la colección Comyn de Barcelona, óleo sobre lienzo, 137,5 x 115,5 cm. Obra de José Antolínez
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Suicidio de Cleopatra. Obra de José Antolínez, óleo sobre lienzo (137,5 x 115,5 cm.), colección privada . Siendo escasos los desnudos femeninos en la pintura española, el cuadro se creyó de Andrea Vaccaro hasta la aparición del anagrama del pintor en su pareja, la Muerte de Lucrecia.

Enlace interesantes:
https://puntoalarte.blogspot.com/2021/0 ... -1675.html
http://www.artcyclopedia.com/artists/an ... audio.html

Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado el trabajo recopilatorio dedicado al pintor español José Antolínez. Es uno de los mejores representantes de la escuela madrileña de la segunda mitad del s. XVII. Cultivó, sobre todo, el género religioso, en el que sobresale por sus Inmaculadas, de gusto barroco y de gran riqueza en telas y en joyas; también pintó escenas populares y de género, obras mitológicas y retratos.

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